Furgoneta camper azul de noche en un aparcamiento mojado por la lluvia

El baño químico no parecía importante… hasta aquella noche

4–7 minutos

Hace casi veinte años estábamos en Cangas de Onís con otra pareja amiga. Dos furgonetas, una cena tranquila y unas copas después, terminó llegando una de esas noches que recuerdas más por la sensación que por los detalles exactos.

Creo que era Semana Santa, aunque hace ya tantos años que no lo recuerdo bien.

Lo que sí recuerdo perfectamente es la lluvia.

Llovió muchísimo aquella noche. Estábamos en un aparcamiento de tierra y aquello terminó convertido en barro. Era una madrugada incómoda, fría y de esas en las que salir fuera deja de parecer una buena idea.

En aquella época viajábamos de otra manera.

Cuando empezamos a viajar en furgoneta, no llevábamos baño químico. Si hacía falta, nos apañábamos: un bar, una gasolinera o algún baño que encontráramos por el camino. Y durante años tampoco sentimos la necesidad real de llevar uno.

Pero aquella noche fue distinta.

Mi novia entonces, que hoy es mi mujer, necesitaba ir al baño. Y además ya sabíamos que venía un embarazo. Las necesidades empezaban a cambiar y lo que hasta entonces siempre habíamos resuelto improvisando dejó de ser tan sencillo.

No había bares abiertos ni ningún baño cerca. Y a esas horas, con aquella lluvia y aquel barro, improvisar ya no tenía tanta gracia.

Fue ahí cuando entendimos algo muy simple: el baño químico no iba de comodidad «extra». Iba de tranquilidad.

Poco después compramos el típico poti pequeño que muchísima gente ha tenido en sus primeras furgonetas. El clásico de dos depósitos. Líquido azul en el depósito de residuos y rosa en el de agua limpia, en las cantidades que marcaba el fabricante.

Nada sofisticado.

Y, sin embargo, aquel baño terminó acompañándonos durante años y varias furgonetas.

Cuando el baño químico deja de ser un «por si acaso»

Antes del poti, muchas noches se resolvían como se podía. Y cuando viajabas en pareja, aquello tenía una consecuencia bastante concreta: si ella tenía que salir de madrugada, salías los dos. Porque dejarla sola fuera, a oscuras y en un sitio desconocido, no era una opción.

En verano aquello tenía un pase. Pero en invierno, con frío de verdad, lluvia o el suelo empapado, la cosa cambiaba bastante. Bajarse los pantalones fuera a las tres de la mañana con cuatro grados no es exactamente lo que uno imagina cuando piensa en viajar en furgoneta.

No era un drama, pero tampoco era cómodo.

Y son precisamente esas situaciones pequeñas, las que nunca salen en los vídeos, las que terminan cambiando la manera de viajar.

Con el embarazo apareció además otra necesidad. Ya no era solo el frío o la incomodidad de salir fuera. Empezó a importar poder resolver ciertas situaciones dentro de la propia furgoneta, sin abrir puertas, sin lluvia y sin depender de encontrar un baño cerca.

No era la comodidad de una casa, pero sí empezaba a existir algo importante: intimidad y tranquilidad dentro de un espacio pequeño donde viajábamos juntos.

Y ahí aquel poti dejó de ser «algo que llevábamos por si acaso» para convertirse en parte normal de nuestros viajes.

Con el tiempo llegó nuestra hija y muchas cosas volvieron a cambiar.

Aquel poti lo habíamos comprado todavía con la Jumpy azul, y terminó convirtiéndose en algo imprescindible mucho antes que otras mejoras que hoy parecen casi obligatorias dentro del mundo camper.

Cuando la familia empezó a crecer, aquella Jumpy ya comenzaba a quedarse un poco justa para nuestra manera de viajar. Fue entonces cuando llegó la Trafic, también de segunda mano, y ahí sí empezamos a adaptar la furgoneta poco a poco según iban apareciendo nuevas necesidades reales.

Interior de nuestra Renault Trafic camperizada con el baño químico guardado en su funda

El mismo WC químico nos acompañó durante años. En la Trafic viajaba guardado en esa funda, como una parte más del equipamiento.

La calefacción estacionaria llegó después, cuando nuestra hija ya tenía alrededor de un año. Y no porque antes no pasáramos frío algunas noches, sino porque con mantas, sacos y ropa de abrigo más o menos nos apañábamos.

Sin embargo, el poti ya llevaba tiempo siendo imprescindible.

Porque cuando viajas con una criatura, muchas veces lo que más valoras no es la tecnología más avanzada, sino resolver bien las pequeñas situaciones cotidianas: no tener que abrir la puerta de madrugada, no llenar la furgoneta de frío, no depender de que haya un baño abierto cerca y, sobre todo, tener la sensación de que ciertas necesidades básicas ya están resueltas.

Años después llegó el techo elevable, poco después de nacer nuestra segunda hija.

Y quizá una de las cosas más curiosas de mirar atrás es darse cuenta de que muchas de las mejoras importantes no llegaron siguiendo un plan perfecto. Fueron apareciendo poco a poco, según cambiaba nuestra vida y nuestra manera de viajar.

Aquel poti no era perfecto.

Había que moverlo, vaciarlo y buscar dónde hacerlo. Alguna vez aparecía algún olor incómodo y tampoco era precisamente lo más elegante del mundo camper.

Pero cumplía perfectamente con algo mucho más importante: estaba ahí cuando realmente hacía falta.

Lo que acabas valorando con los años

Con los años te das cuenta de una cosa curiosa. Muchas veces este tipo de equipamiento se usa menos de lo que imaginamos, pero aporta más tranquilidad de la que pensamos.

Pasa con el baño, con la calefacción, con ciertas herramientas y también con muchas instalaciones eléctricas.

No siempre buscamos más potencia o más tecnología. Muchas veces lo que buscamos es dejar de preocuparnos.

Con el tiempo terminamos cambiando a una autocaravana con baño integrado, pero aquel poti pequeño todavía sigue guardado. Porque aún hoy, cuando hacemos alguna escapada rápida con la furgoneta, sigue teniendo sentido.

Hoy existen muchas más opciones que entonces. Baños químicos, secos, sistemas de separación y otras soluciones que hace veinte años apenas formaban parte de la conversación.

Y probablemente todas tengan sentido dependiendo de cómo viaje cada uno.

El problema es que a veces terminamos discutiendo sobre cuál es la solución correcta y olvidamos algo bastante más sencillo: casi todo el mundo solo intenta viajar más tranquilo y complicarse un poco menos.

Porque sobre el papel muchas cosas parecen prescindibles.

Hasta que llega una noche de lluvia.

Hasta que todo está cerrado.

O hasta que una situación que siempre resolvías fácilmente deja de ser tan sencilla.